miércoles, 15 de marzo de 2023

MIGUEL DE UNAMUNO, San Manuel Bueno, mártir



Uno de los temas que rondan siempre la obra de don Miguel de Unamuno, es el de las dudas religiosas, tema central de San Manuel Bueno, mártir. También expresó esta preocupación por la existencia de Dios y la inmortalidad del alma en algunos de sus poemas: 

Agranda la puerta, Padre,
porque no puedo pasar.
La hiciste para los niños,
yo he crecido, a mi pesar.

Si no me agrandas la puerta,
achícame, por piedad;
vuélveme a la edad aquella
en que vivir es soñar.

Unamuno se mueve entre el escepticismo (tal y como le dicta la razón) y la necesidad desesperada de Dios.  Es el caso de su novela, San Manuel Bueno, mártir. 

ARGUMENTO-LECTURA

La novela (o nivola), contada desde el punto de vista de Ángela Carballino, nos presenta a Don Manuel Bueno, un sacerdote muy querido por sus feligreses, a los que ayuda y consuela. Ángela, que es una de sus feligresas, escribe en sus memoria sus recuerdos sobre el sacerdote:

 "De nuestro don Manuel me acuerdo yo como si fuese de cosa de ayer, siendo yo niña, a mis diez años, antes de que me llevaran al Colegio de las Religiosas de la ciudad catedralicia de Renada (ciudad imaginaria). Tendría él, nuestro santo, entonces unos treinta y siete años. Era alto, delgado, erguido, llevaba la cabeza como nuestra Peña del Buitre lleva su cresta, y había en sus ojos toda la hondura azul de nuestro lago. Se llevaba las miradas de todos y tras ellas los corazones, y él al mirarnos parecía, traspasando la carne como un cristal, mirarnos al corazón. Todos le queríamos, pero sobre todo los niños. ¡Qué cosas nos decía! Eran cosas, no palabras. Empezaba el pueblo a olerle la santidad; se sentía lleno y embriagado de su aroma."

 Sin embargo, Don Manuel vive una gran tragedia interior: ha perdido la fe y no cree en la inmortalidad del alma.  No obstante, no quiere desvelarlo a sus fieles para que sigan viviendo en la paz que les da el creer en la otra vida. Cada día, al decir misa, permanece en silencio en el momento del Credo: "Creo en la resurrección de la carne y la vida eterna..." 

Llega un momento en que es tal el sufrimiento por su incredulidad, que necesita comunicarlo. El primero al que confía su secreto es Lázaro, hermano de Ángela, incrédulo y anticlerical. Con él mantiene conversaciones en las que se dice que la religión como el opio del pueblo: sirve para mantener al pueblo llano con la esperanza y el consuelo ante la muerte. Frente al pueblo, las personas de mayor cultura (élite), viven la crisis del desengaño.

"¿La verdad? La verdad, Lázaro, es acaso algo terrible, algo intolerable, algo mortal, la gente sencilla no podría vivir con ella.

¿Y por qué me la deja entrever ahora aquí como en confesión?", le dije [habla Lázaro]. Y él: "Porque si no me atormentaría tanto, tanto, que acabaría gritándola en medio de la plaza, y eso jamás, jamás, jamás. Yo estoy para hacer vivir a las almas de mis feligreses, para hacerles felices, para hacerles que se sueñen inmortales y no para matarles. Lo que aquí hace falta es que vivan sanamente, que vivan en unanimidad de sentido, y con la verdad, con mi verdad, no vivirían. Que vivan. Y esto hace la Iglesia, hacerles vivir. ¿Religión verdadera? Todas las religiones son verdaderas en cuanto hacer vivir espiritualmente a los pueblos que las profesan, en cuanto les consuelan de haber tenido que nacer para morir, y para cada pueblo la religión más verdadera es la suya, la que le ha hecho. ¿Y la mía? La mía es consolarme en consolar a los demás, aunque el consuelo que les doy no sea el mío."

Tras varias conversaciones, el propio Lázaro colaborará con la obra del sacerdote fingiendo también él convertirse y abrazar la fe. Finalmente, también le confiesa su secreto a Ángela. 

- ¿Cuál es nuestro pecado, padre? [habla Ángela]

- ¿Cuál? -me respondió-. Ya lo dijo un gran doctor de la Iglesia Católica Apostólica Española, ya lo dijo el gran doctor de La vida es sueño, ya dijo que "el delito mayor del hombre es haber nacido". Ese es, hija, nuestro pecado: el haber nacido. 

- ¿Y se cura, padre?

- ¡Vete y vuelve a rezar! Vuelve a rezar por nosotros, pecadores... Sí, al fin se cura el sueño... Al fin se cuera la vida... Al fin se acaba la cruz del nacimiento. Y como dijo Calderón, el hacer bien, y el engañar bien, ni aun en sueños se pierde...

- Oíd: cuidad de estas pobres ovejas, que se consuelen de vivir, que crean lo que yo no he podido creer. Y tú, Lázaro, cuando hayas de morir, muere como yo, como morirá nuestra Ángela, en el seno de la Santa Madre Católica Apostólica Romana, de la Santa Madre Iglesia de Valverde de Lucerna, bien entendido. Y hasta nunca más ver, pues se acaba este sueño de la vida. 

Al final, Don Manuel fallece conservando su secreto. La forma de su muerte es muy plástica y llamativa: muere rodeado de su pueblo, mientras está oficiando una misa, justo en el momento en que se reza el Credo, justo en el momento en que se llega a “creo en la resurrección de la carne y la vida eterna”. Poco tiempo después muere Lázaro, que se considera un verdadero resucitado (como el de la Biblia). Se le han quitado de la cabeza sus ideas anarquistas y ahora solo piensa en la felicidad de la gente sencilla, en el aquí y el ahora. 

El pueblo, que considera un santo a don Manuel por sus obras, comienza su proceso de beatificación a la par que Ángela escribe su historia. 


TALLER DE ESCRITURA: Reseña de una obra teatral

 GUÍA PARA LA RESEÑA DE UNA OBRA TEATRAL


I. Introducción 

- Título de la obra presentada

- Lugar de representación, día y hora.

- Compañía teatral:

(También podéis comentar qué grupos y centros acudieron a ver la obra, describir el ambiente del Teatro Principal, etc.)


II. Información sobre el texto dramático (investiga estos aspectos)

- Autor y época 

- Temas 

- Género 


III. La representación (A continuación, os dejo una serie de preguntas que os pueden orientar para comentar vuestra impresión y la de vuestros compañeros durante la representación la obra)

A. Actuación: 

- ¿Fue clara la acción de la obra? 

- ¿Hubo momentos climáticos? ¿Cuáles? Descríbelos. 

- ¿Qué te pareció la actuación de los actores?  ¿Fue la actuación creíble/cercana/realista? ¿Sí o no? ¿Por qué?

- ¿La caracterización física fue apropiada? ¿Y el vestuario? ¿Hubo cambios significativos de vestuario?

- ¿Se escuchaba bien su voz? 

- ¿Contribuyó la actuación a la claridad de la obra y de los temas de ésta? 


B. Escenografía:

- ¿Qué te parecieron los elementos visuales (escenografía, vestuario, luces y sonido)? 

- ¿Hubo cambios de? ¿Cómo se consiguió a través de la escenografía? ¿Crees que se reflejaba bien el ambiente y la época?


IV. Temas y mensajes (Reflexionad sobre el tema y el mensaje que transmite esta obra)

- ¿Qué mensaje o mensajes se pudieron extraer de la obra?

-      ¿Qué te pareció el final?


VI. Conclusión

Ofrece tus conclusiones finales sobre la obra. 


RECUERDA: Redacta tu reseña con coherencia, cohesión, adecuación y corrección ortográfica. Extensión aproximada: la cara de un folio

viernes, 10 de marzo de 2023

ANTOLOGÍA POÉTICA: Antonio Machado.


ANTOLOGÍA DE ANTONIO MACHADO




Antes de leer sus poemas, vamos a conocer algo más sobre su biografía a través de este vídeo:



1ª etapa: Modernismo
Soledades, galerías y otros poemas




Recuerdo infantil 
Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.

Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una mancha carmín.

Con timbre sonoro y hueco
truena el maestro, un anciano
mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.

Y todo un coro infantil
va cantando la lección:
«mil veces ciento, cien mil;
mil veces mil, un millón».

Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de la lluvia en los cristales.


******

Yo voy soñando caminos
Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!...
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero
a lo largo del sendero…
-la tarde cayendo está-.
“En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día:
ya no siento el corazón”
Y todo el campo un momento
se queda mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.
La tarde más se oscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea
se enturbia y desaparece.
Mi cantar vuelve a plañir:
“Aguda espina dorada
quién te pudiera sentir
en el corazón clavada”.


Es una tarde cenicienta y mustia
Es una tarde cenicienta y mustia,
destartalada, como el alma mía;
y es esta vieja angustia
que habita mi usual hipocondría.
La causa de esta angustia no consigo
ni vagamente comprender siquiera;
pero recuerdo y, recordando, digo:
-Sí, yo era niño, y tú, mi compañera.
              
  Y no es verdad, dolor, yo te conozco,
tu eres la nostalgia de la vida buena
y soledad de corazón sombrío,
de barco sin naufragio y sin estrella.
  Como perro olvidado que no tiene
huella ni olfato y yerra
por los caminos sin camino, como
el niño que en la noche de una fiesta
  se pierde entre el gentío
y el aire polvoriento y las candelas
chispeantes, atónito y asombra
su corazón de música y de pena,
así voy yo, borracho melancólico
guitarrista lunático, poeta,
y pobre hombre en sueños,
siempre buscando a Dios entre la niebla.


********

La Primavera besaba

 La primavera besaba
 suavemente la arboleda,
 y el verde nuevo brotaba
 como una verde humareda.
 
 Las nubes iban pasando
 sobre el campo juvenil...
 Yo vi en las hojas temblando
 las frescas lluvias de abril.
 
 Bajo ese almendro florido,
 todo cargado de flor
 -recordé-, yo he maldecido
 mi juventud sin amor.
 
 Hoy, en mitad de la vida,
 me he parado a meditar...
 !Juventud nunca vivida
 quién te volviera a soñar!



Campo.
La tarde está muriendo
como un hogar humilde que se apaga.

Allá, sobre los montes,
quedan algunas brasas.

Y ese árbol roto en el camino blanco
hace llorar de lástima.

¡Dos ramas en el tronco herido, y una
hoja marchita y negra en cada rama!

¿Lloras?... Entre los álamos de oro,
lejos, la sombra del amor te aguarda. La tarde está muriendo




Desnuda está la tierra
Desnuda está la tierra,
y el alma aúlla al horizonte pálido
como loba famélica. ¿Qué buscas,
poeta, en el ocaso?
  ¡Amargo caminar, porque el camino
pesa en el corazón! ¡El viento helado,
y la noche que llega, y la amargura
de la distancia!… En el camino blanco
algunos yertos árboles negrean;
  en los montes lejanos
hay oro y sangre… El sol murió… ¿Qué buscas,
poeta, en el ocaso?




2ª etapa: Generación del 98
Campos de Castilla.

Retrato.
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero. 

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario. 

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno. 

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

 Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

 ¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

 Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía. 

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
Y cuando llegue el día del último vïaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.


********

Campos de Soria.
I
Es la tierra de Soria árida y fría.
Por las colinas y las sierras calvas,
verdes pradillos, cerros cenicientos,
la primavera pasa
dejando entre las hierbas olorosas
sus diminutas margaritas blancas.

La tierra no revive, el campo sueña.
Al empezar abril está nevada
la espalda del Moncayo;
el caminante lleva en su bufanda
envueltos cuello y boca, y los pastores
pasan cubiertos con sus luengas capas
.


VI
¡Soria fría, Soria pura,
cabeza de Extremadura,
con su castillo guerrero
arruinado, sobre el Duero;
con sus murallas roídas
y sus casas denegridas!

¡Muerta ciudad de señores
soldados o cazadores;
de portales con escudos
de cien linajes hidalgos,
y de famélicos galgos,
de galgos flacos y agudos,
que pululan
por las sórdidas callejas,
y a la medianoche ululan,
cuando graznan las cornejas!

¡Soria fría! La campana
de la Audiencia da la una.
Soria, ciudad castellana
¡tan bella! bajo la luna.


VII
¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, obscuros encinares,
ariscos pedregales, calvas sierras,
caminos blancos y álamos del río,
tardes de Soria, mística y guerrera,
hoy siento por vosotros, en el fondo
del corazón, tristeza,
tristeza que es amor! ¡Campos de Soria
donde parece que las rocas sueñan,
conmigo vais! ¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas!...


VIII
He vuelto a ver los álamos dorados,
álamos del camino en la ribera
del Duero, entre San Polo y San Saturio,
tras las murallas viejas
de Soria –barbacana
hacia Aragón, en castellana tierra-,
Estos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua, cuando el viento sopla,
tiene en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.
¡Álamos del amor que ayer tuvisteis
de ruiseñores vuestras ramas llenas;
álamos que seréis mañana liras
del viento perfumado en primavera;
álamos del amor cerca del agua
que corre y pasa y sueña,
álamos de las márgenes del Duero,
conmigo vais, mi corazón os lleva!


CXXI
Allá, en las tierras altas,
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno de Soria, entre plomizo cerros
y manchas de raídos encinares,
mi corazón está vagando, en sueños…
¿No ves, Leonor, los álamos del río
con los ramajes yertos?
Mira el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y paseemos.
Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.




A un olmo seco.
Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo.
algunas hojas nuevas le han salido.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera.
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera 
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas,
Antes que te derribe, olmo del Duero.
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana.
lanza de carro o yugo de carreta:
antes que rojo en el hogar, mañana.
ardas de alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino.
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera
.


Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

Proverbios y cantares.

I
¿Para qué llamar caminos
a los surcos del azar?...
Todo el que camina anda,
como Jesús, sobre el mar.

IV
¡Ojos que a la luz se abrieron
un día, para después,     
ciegos tornar a la tierra,
hartos de mirar sin ver!


XVII
Ya hay un español que quiere
Vivir y a vivir empieza,
Entre una España que muere

Y otra España que bosteza.
Españolito que vienes
Al mundo, te guarde Dios.
Una de las dos Españas
Ha de helarte el corazón.


Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
Sino estelas en el mar…




Nuevas Canciones.


Los sueños dialogados.
¿Por qué, decísme, hacia los altos llanos,
Huye mi corazón de esta ribera,
Y en tierra labradora y marinera,
Suspiro por los yermos castellanos?
Nadie elige su amor. Llevóme un día
Mi destino a los grises calvijares
Donde ahuyenta al caer la nieve fría
Las sombras de los muertos encinares.
De aquel trozo de España, alto y roquero,
Hoy traigo a ti, Guadalquivir florido,
Una mata del áspero romero.
Mi corazón está donde ha nacido,
No a la vida, al amor, cerca del Duero…
¡El muro blanco y el ciprés erguido!



Otras canciones a Guiomar.
I
¡Sólo tu figura,
Como una centella blanca
En mi noche oscura!


¡Y en la tersa arena,
Cerca de la mar,
Tu carne rosa y morena,
Súbitamente, Guiomar!

En el gris del muro,
Cárcel y aposento,
Y en un paisaje futuro
Con sólo tu voz y el viento.

En el nácar frío
De tu zarcillo en mi boca,
Guiomar, y en el calofrío
De una amanecida loca;

Asomada en el malecón
Que bate la mar de un sueño,
Y bajo el arco del ceño
De mi vigilia, a traición,
¡siempre tú!

Guiomar, Guiomar,
Mírame en ti castigado:
Reo de haberte creado,
Ya no te puedo olvidar.


II
Todo amor es fantasía;
Él inventa el año, el día,
La hora y su melodía;
Inventa el amante y, más,
La amada. No prueba nada,
Contra el amor, que la amada
No haya existido jamás.





domingo, 26 de febrero de 2023

LA BARRACA, Vicente Blasco Ibáñez

 LA BARRACA, VICENTE BLASCO IBÁÑEZ

Es el novelista valenciano más representativo del Realismo. Destacan sus novelas valencianas: Arroz y tartana, La barraca, Entre naranjos, Cañas y barros.

En ellas, intenta llevar al entorno valenciano los presupuestos del naturalismo. La mayoría de ellas muestran cómo la tierra y la dureza de las condiciones de vida determinan el carácter y la actuación de los personajes. 

LECTURA: La barraca

El libro se desarrolla en la Valencia rural de finales del siglo XIX, concretamente en huertas cercanas a la capital (zona de Alboraya). Aquí se describen con precisión las duras condiciones de vida de la población campesina y agrícola.  

En este fragmento podemos una descripción detallada del ambiente, condicionante del comportamiento de los personajes: 

Despertaba la huerta, y sus bostezos eran cada vez más ruidosos. Rodaba el canto del gallo de barraca en barraca. Los campanarios de los pueblecitos devolvían con ruidoso badajeo el toque de misa primera que sonaba a lo lejos, en las torres de Valencia, esfumadas por la distancia. De los corrales salía un discordante concierto animal: relinchos de caballos, mugidos de vacas, cloquear de gallinas, balidos de corderos, ronquidos de cerdos; un despertar ruidoso de bestias que, al sentir la fresca caricia del alba cargada de acre perfume de vegetación, deseaban correr por los campos.

El espacio se empapaba de luz; disolvíanse las sombras, como tragadas por los abiertos surcos y las masas de follaje. En la indecisa neblina del amanecer iban fijando sus contornos húmedos y brillantes las filas de moreras y frutales, las ondulantes líneas de cañas, los grandes cuadros de hortalizas, semejantes a enormes pañuelos verdes, y la tierra roja cuidadosamente labrada.

Animábanse los caminos con filas de puntos negros y movibles, como rosarios de hormigas, marchando hacia la ciudad. De todos los extremos de la vega llegaban chirridos de ruedas, canciones perezosas interrumpidas por el grito que arrea a las bestias, y de vez en cuando, como sonoro trompetazo del amanecer, rasgaba el espacio un furioso rebuzno del cuadrúpedo paria, como protesta del rudo trabajo que pesaba sobre él apenas nacido el día.

En las acequias conmovíase la tersa lámina de cristal rojizo con chapuzones que hacían callar a las ranas; sonaba luego un ruidoso batir de alas, e iban deslizándose los ánades lo mismo que galeras de marfil, moviendo cual fantásticas proas sus cuellos de serpiente.


El tío Barret se ve imposibilitado de seguir trabajando la huerta que habían cultivado sus antepasados durante generaciones al no poder pagar la subida en el arrendamiento al propietario de la tierra, D. Salvador. 

Cuando el tío Barret contemplaba, en época de cosecha, los cuadros de distinto cultivo en que estaban divididas sus tierras, no podía contener un sentimiento de orgullo. Miraba los altos trigos, las coles con su cogollo de rizada blonda, los melones que asomaban el verde lomo a flor de tierra o los pimientos o tomates medio ocultos por el follaje, y alababa la bondad de sus campos y los esfuerzos de todos sus antecesores al trabajarlos mejor que los demás de la huerta. (…)

Hacía muchos años estas tierras habían sido de los religiosos de San Miguel de los Reyes, unos buenos señores, gordos, lustrosos, dicharacheros, que no mostraban gran prisa en el cobro de los arrendamientos, dándose por satisfechos con que por la tarde, al pasar por la barraca, los recibiera la abuela, que era entonces una real moza, obsequiándolos con hondas jícaras (vasija de loza) de chocolate y las primicias de los frutales. 

Antes, mucho antes, había sido el propietario de todo aquello un gran señor, que al morir depositó sus pecados y sus fincas en el seno de la comunidad; y ahora, ¡ay!, pertenecían a don Salvador, un vejete de Valencia, que era el tormento del tío Barret, puesta hasta en sueños se le aparecía. (…)

Aumentó, por fin, el precio del arrendamiento de las tierras. Barret protestó, y hasta lloró, recordando los méritos de su familia, que había perdido la piel en aquellos campos para hacer de ellos los mejores de la huerta. Pero don Salvador se mostró inflexible. ¿Eran los mejores? Pues debía pagar más. Y Barret pagó el aumento. 

Y completamente solo, ocultando a su familia su situación, teniendo que sonreír cuando estaba entre su mujer y sus hijas, las cuales le recomendaban que no se esforzase tanto, el pobre Barret se entregó a la más disparatada locura del trabajo. 

El pobre labrador, agobiado por una existencia de fiebre y demencia laboriosa, iba quedándose en los huesos, encorvado como un octogenario, con los ojos hundidos. (…)

Tras amenazarle con echarle de sus tierras, un día Don Salvador se encuentra de frente con el tío Barret camino de la huerta: 

- ¡Barret, hijo mío! -dijo con voz entrecortada-. Todo ha sido una broma. No hagas caso. Lo de ayer fuer para asustarte un poco, nada más. Vas a seguir en tus tierras…

Y doblaba su cuerpo, evitando que se le acercase el tío Barret. Pretendía escurrirse, huir de la terrible hoz. 

El labrador sonreía como un hiena, enseñando sus dientes agudos y blancos de pobre: 

- ¡Mentirós! ¡Mentirós! -contestaba, con una voz semejante a un ronquido. 

- ¡Pero Barret! ¡Hijo mío! ¿Qué es esto? ¡Baja esa arma, no juegues! Te repito que ha sido una broma. Ven mañana y te daré las lla… ¡Ay!

Fue un rugido horripilante, un grito de bestia herida. Cansada la hoz de encontrar obstáculos, había derriba de un solo golpe una de las manos crispadas. Quedó colgando de los tendones y la piel, y el rojo muñón arrojó la sangre con fuerza, salpicando a Barret, que rugió al recibir en el rostro la caliente rociada. 

Vaciló el viejo sobre sus piernas; pero, antes de caer al suelo, la hoz partió horizontalmente contra su cuello, y… ¡zas! Cortando la complicada envoltura de pañuelos, abrió una profunda hendidura, que casi separó la cabeza del tronco. 

Cayó don Salvador en la acequia. La cabeza, hundida en el barro, soltaba toda su sangre por la profunda brecha, y las aguas se teñían de rojo, siguiendo su manso curso con un murmullo plácido que alegraba el solemne silencio de la tarde. 

Como consecuencia, todos los vecinos de la aldea, encabezados por Pimentó (un campesino holgazán pero altanero) se conjuran para impedir que nadie vuelva a trabajar en esa parcela. Durante diez años, la barraca del tío Barret y sus tierras quedan abandonadas, constituyendo un símbolo de orgullo para los huertanos. 

En el centro de estos campos desolados, que se destacaban sobre la hermosa vega como una mancha de mugre en un manto regio de terciopelo verde, alzábase la barraca, o más bien dicho, caía con su montera de paja despanzurrada, enseñando por las aberturas que agujerearon el viento y la lluvia su carcomido costillaje de madera. Las paredes, arañadas por las aguas, mostraban sus adobes de barro crudo, sin más que unas ligerísimas manchas blancas que delataban el antiguo enjarbergado. La puerta estaba rota por debajo, roída por las ratas, con grietas que la cortaban de un extremo a otro. Dos o tres ventanillas, completamente abiertas y martirizadas por los vendavales, pendían de un solo gozne, e iban a caer de un momento a otro, apenas soplase una ruda ventolera.

Aquella ruina apenaba el ánimo, oprimía el corazón. Parecía que del casuco abandonado fuesen a salir fantasmas en cuanto cerrase la noche; que de su interior iban a partir gritos de personas asesinadas; que toda aquella maleza era un sudario ocultando debajo de él centenares de cadáveres.



Hasta que un día llega Batiste con su familia (su mujer Teresa y sus cinco hijos: Roseta, Batistet, Pasqualet y otros dos pequeños a los que nuca se les pone nombre). Acuciados por la necesidad, se instalan en la finca y acceden a cultivar la finca abandonada a cambio de dos años de carencia en el pago del arrendamiento correspondiente. A partir de ese momento se verán infatigablemente acosados por el resto de la comunidad, que los acusaba de plegarse a las exigencias del terrateniente perjudicando con ello los intereses del colectivo: los acusan falsamente de robar el riego, hieren con disparos a su caballo, insultan y agreden a la hija mayor camino de su trabajo en una fábrica de Valencia, etc. 

Roseta marchaba sola a la ciudad. Bien sabía la pobre lo que eran sus compañeras, hijas y hermanas de los enemigos de su familia. 

Varias de ellas trabajaban en su fábrica, y la pobre rubita (Roseta), más de una vez, haciendo de tripas corazón, había tenido que defenderse a arañazo limpio. Arrojaban cosas infectas en la cesta de su comida y no pasaban junto a ella en el taller sin empujarla sobre el humeante perol donde era ahogado el capullo, llamándola hambrona y dedicando otros elogios parecidos a su familia. (…)

Un domingo, por la tarde, Roseta (…) se cargó el cántaro y subió los peldaños; pero en el último la detuvo la vocecita mimosa de la sobrina de Pimentó. ¡Cómo mordía esa sabandija! (…)

- ¿Qui és lladre? ¿Qui? -preguntó con una voz temblona, que hizo reír a todas las de la fuente. 

¿Quién? Su padre. Pimentó, su tío, lo sabía bien, y en casa de Copa no se hablaba de otra cosa. Habían huido de un pueblo porque los conocían allá demasiado; por eso habían venido a la huerta a apoderarse de lo que no era suyo. Hasta se tenían noticias de que el señor Batiste había estado en presidio por cosas feas… 

Y así continuó la viborilla, soltando todo lo oído en su casa y en la vega: las mentiras fraguadas por los perdidos de casa de Copa, toda una urdimbre de calumnias urdidas por Pimentó. 

- ¡Mon pare! -gritó avanzando hacia la insolente- ¿Mon pare, lladre? Torna-ho a repetir i et tranque els morros. 

Pero no pudo repetirlo la morenilla, porque antes que llegase a abrir la boca recibió un puñetazo en ella, al mismo tiempo que Roseta hundía la otra mano en su moño. (…)

Sin acuerdo previo, como si los odios de sus familias surgiesen en ellas de golpe, todas cayeron a un tiempo sobre la hija de Batiste. 

-¡Lladrona! ¡Lladrona!

Desa pareció Roseta bajo los amenazantes brazos. Su cara se cubrió de rasguños. Empujada de un lado a otro, acabó rodando por los resbaladizos escalones, y su frente chocó contra una arista de la piedra. 

¡Sangre! Salieron todas corriendo en diversas direcciones y al poco rato no se veía en las cercanías de la fuente más que a la pobre Roseta, con la cara sucia de polvo y sangre, caminando llorosa, hacia su casa. 

El hostigamiento llega a su punto culminante un día en que los hijos pequeños de la familia Batiste regresan de la escuela: 

Estos discípulos eran los que pagaban mejor. Entre ellos estaban los tres hijos de Batiste, para quienes el camino se convertía muchas veces en una calle de la Amargura. 

Cogidos los tres de la mano, procuraban andar a la zaga de los otros muchachos, que, por ser de las barracas inmediatas a la suya, sentían el mismo odio de sus padres contra Batiste y su familia, y no perdían ocasión de molestarlos. 

Los dos mayorcitos sabían defenderse y, con un arañazo más o menos, hasta salían vencedores en ocasiones. Pero el más pequeño, Pasqualet, un chiquillo regordete y panzudo, de solo cinco años, a quien su madre adoraba por su dulzura y mansedumbre, lloraba en cuanto veía a sus hermanos enzarzados en terrible pelea con los otros. (…)

Una tarde, la pobre mujer de Batiste apeló a gritos a Dios y a los santos, al ver en qué estado llegaban sus pequeños. 

Aquel día la batalla había sido dura. Los dos mayores estaban magullados. Era lo de siempre, y no había que hacerles caso. Pero el pequeñín, estaba mojado de pies a cabeza y lloraba temblando de miedo y de frío. 

La feroz pillería lo había arrojado a una acequia de aguas estancadas, y de allí lo habían sacado sus hermanos, cubierto de légamo nauseabundo. 

Teresa lo acostó en la cama al ver que el pobrecito seguía temblando entre sus brazos, agarrándose a su cuello y murmurando con voz semejante a un balido:

- ¡Mare, mare!

(…) El chiquitín estaba cada vez peor y temblaba de fiebre en los brazos de su madre, que lloraba a todas horas. 

Como consecuencia, el pequeño Pasqualet fallece. Un sentimiento de culpa y compasión invade la comunidad, que acuden a la barraca para mostrar su apoyo con cierto cargo de conciencia. Pero esta actitud será temporal. Pasado el tiempo, llega el tiempo de la cosecha, y Batiste recoge los frutos de su duro trabajo. Un día decide ir a la taberna del pueblo, justa recompensa tras tantos sufrimientos y trabajos. Allí, tras una trifulca con alcohol de por medio, deja herido a Pimentó. 

Batiste no dudó en que aquellas gentes se vengarían. Conocía los procedimientos usuales en la huerta. Para aquella gente no se había hecho la justicia de la ciudad… ¿Para qué necesitaba un hombre jueces ni Guardia Civil, teniendo buen ojo y una escopeta en la barraca?

Pocos días después, Batiste es disparado en mitad de un camino oscuro. Herido, responde a su vez con su escopeta, y oye un cuerpo caer en la acequia: 

Adivinaba lo ocurrido… Se lo decía el corazón. Pimentó acababa de morir. 

Tembló Batiste de frío y de miedo. Fue una sensación de debilidad, como si de repente le abandonaran sus fuerzas, y se metió en su barraca. 

Las represalias no se hacen esperar: 

Se restregó los ojos, se incorporó en la cama… La puerta estaba cada vez más roja, el humo era más denso. Sonó un ladrido desesperado, interminable: 

- ¡Teresa! ¡Teresa, Amunt!

Y del primer empujón la echó fuera de la cama. Después corrió al cuarto de los chicos, y a golpes y gritos los sacó en camisa, como un rebaño atemorizado que corre ante el palo, sin saber dónde va. 

Cegado por el humo y contando los minutos como siglos, Batiste abrió la puerta. Por ella salió enloquecida toda la familia (…)

Batistet corría desaforado por las sendas, gritando, aporreando las puertas de las barracas inmediatas…

- ¡Auxili!¡Auxili! ¡A foc, a foc!

Su padre sonrió cruelmente. En vano llamaba. La huerta era sorda para ellos. Dentro de las blancas barracas había ojos curiosos que atisbaban por las rendijas… Nadie contestaba. 

Estaban más solos que en medio de un desierto. El vacío del odio era mil veces peor que el de la Naturaleza. 

Huirían de allí para empezar otra vida, sintiendo el hambre que les pisaba los talones. Dejarían a sus espaldas la ruina de su trabajo y el cuerpecillo de uno de los suyos, que se pudría en las entrañas de aquellas tierras como la víctima inocente de una batalla implacable. 



miércoles, 15 de febrero de 2023

MISERICORDIA, Benito Pérez Galdós



Benito Pérez Galdós fue un escritor de ideas liberales y anticlericales, que se inspira en la realidad misma, sobre todo en la del Madrid decimonónico. A través de sus numerosas novelas, hace un retrato crítico de la sociedad de su tiempo. Entre ellas, destacan Marianela, Fortunata y Jacinta, Miau, los Episodios Nacionales y Misericordia. 

Misericordia es un retablo de la miseria de Madrid, en sus infinitas gradaciones, a la par que un retrato del ser humano: capaz de abnegación sin límites y de ingratitud igualmente infinita.

La protagonista es Benina o señá Benina, una criada de una familia venida a menos, que se ve obligada a mendigar para ayudar económicamente a sus amos. Para no dañarlos en su orgullo, dice estar trabajando también para un rico señor. Nina vive entre los pobres mendigos con sus vicios y miserias (a los que también ayuda), y el mundo de los burgueses, igualmente egoístas e ingratos. Así es descrita al inicio de la novela: 

"La mujer de negro vestida, más que vieja, envejecida prematuramente, era, además de nueva, temporera, porque acudía a la mendicidad por espacio de tiempo más o menos largos, y a lo mejor desaparecía, sin duda por encontrar un buen acomodo o almas caritativas que la socorrieran. Respondía al nombre de la señá Benina y era la más callada y humilde de la comunidad, si así puede decirse; bien criada, modosa y con todas las trazas de perfecta sumisión a la divina voluntad (...) Con todas y con todos hablaba el mismo lenguaje afable y comedido (...) Tenía la Benina la voz dulce, modos hasta cierto punto finos y de buena educación, y su rostro moreno no carecía de cierta gracia interesante que, manoseada ya por la vejez, era una gracia borrosa y apenas perceptible."



Su actitud con la familia siempre fue intachable: 

“Otra vez estaba Benina al servicio de doña Francisca Juárez, como criada única y para todo, pues la familia había dado un bajón tremendo en aquel año, siendo tan notorias las señales de ruina, que la criada no podía verlas sin sentir aflicción rotunda. Llegó la ocasión ineludible de cambiar el cuarto en que vivían por otro más modesto y barato. Doña Francisca, apegada a las ruinas y sin determinación para nada, vacilaba. La criada, quitándole en momentos tan críticos las riendas del gobierno, decidió la mudanza, y desde la calle Claudio Coello saltaron a la del Olmo. Por cierto que hubo no pocas dificultades para evitar un desahucio vergonzoso: todo se arregló con la generosa ayuda de Benina, que sacó del Monte (banco) sus economías (ahorros), importantes tres mil y pico reales, y las entregó a la señora.”

Para pedir, Benina acude, junto con los demás mendigos, a las puertas de las iglesias. Allí los pobres mendigos (figuras deformes y andrajosas) montan guardia para pedir limosna a los ricos, que dan unas cuantas monedas para lavar sus conciencias: 

"Los que hacen la guardia por el norte ocupan distintos puestos en el patinillo (patio pequeño) y en las dos entradas de este por las calles de las Huertas y San Sebastián, y es tan estratégica su colocación, que no puede escaparse ningún feligrés como no entre en la iglesia por el tejado. En rigurosos días de invierno, la lluvia o el frío glacial no permite a los intrépidos soldados de la miseria destacarse al aire libre (aunque los hay constituidos milagrosamente para aguantar de pie firme las inclemencias de la atmósfera), y se repliegan con buen orden al túnel o pasadizo que sirve de ingreso al templo parroquial, formando en dos alas a derecha e izquierda. (...) Entre ala derecha y ala izquierda, no baja de docena y media el aguerrido contingente, que componen ancianos audaces, indómitas viejas, ciegos machacones, reforzados por niños de una acometividad irresistible (...), y allí se están desde que Dios amanece hasta la hora de comer (...) Al caer la noche, si no hay Novena con sermón, Santo Rosario con meditación y plática, o Adoración Nocturna, se retira el ejército marchándose cada combatiente a su olivo con tardo paso. (...)

Como en toda región del mundo hay clases, sin que se exceptúen de esta división capital las más ínfimas jerarquías, allí no eran todos los pobres lo mismo. Las viejas, principalmente, no permitían que se alterase el principio de distinción capital. Las antiguas, o sea, las que llevaban ya veinte o más años de pedir en aquella iglesia, disfrutaban de preeminencias (privilegios) que por todos eran respetadas y las nuevas no tenían más remedio que conformarse."

Aquí tenemos una muestra de esas personas (fíjate en la descripción realista, un retrato tirando a caricatura): 

"Eran tres las que así chismorreaban, sentaditas a la derecha, según se entra, formando un grupo separado de los demás pobres, una de ellas ciega, o por lo menos cegata; las otras dos con buena vista, todas vestidas de andrajos, y abrigadas con pañolones negros o grises. La señá Casiana, alta y huesuda, hablaba con cierta arrogancia, como quien tiene o cree tener autoridad; y no es inverosímil que la tuviese, pue en donde quiera que para cualquier fin se reúne media docena de seres humanos, siempre hay uno que pretende imponer su voluntad a los demás, y, en efecto, la impone. Crescencia se llamaba la ciega o cegata, siempre hecha un ovillo, mostrando su rostro diminuto, y sacando del envoltorio que con su arrollado cuerpo formaba, la flaca y rugosa mano de largas uñas. La que en el anterior coloquio pronunciara frases altaneras y descorteses tenía por nombre Flora y por apodo la Burlada, cuyo origen y sentido se ignora, y era una viejecilla que resolvía y alborotaba el miserable cotarro, indisponiendo a unos y otros, pues siempre tenía que decir algo picante y malévolo cuando los demás repartijaban, y nunca distinguía de pobres y ricos en sus críticas acerbas. Su ojuelos sagaces, lacrimosos, gatunos, irradiaban la desconfianza y la malicia. Su nariz estaba reducida a una bolita roja, que bajaba y subía al mover de labios y lengua en su charla vertiginosa. Los dos dientes que en sus encías quedaba, parecían correr de un lado a otro de la boca, asomándose tan pronto por aquí, tan pronto por allá, y cuando terminaba su perorata con un gesto de desdén supremo o de terrible sarcasmo, cerrábase de golpe la boca, los labios se metían uno dentro de otro, y la barbilla roja, mientras callaba la lengua, seguía expresando las ideas con un temblor insultante. 

Tipo contrario al de la Burlada era el de señá Casiana: alta, huesuda, flaca, si bien no se apreciaba fácilmente su delgadez por llevar, según dicho de la gente maliciosa, mucha y buena ropa debajo de los pingajos. Su cara larguísima como si por máquina se la estiraran todos los días, oprimiéndole los carrillos, era de lo más desapacible y feo que puede imaginarse".




    Por otro lado, los amos, pertenecientes a una clase media venida a menos, tampoco son ejemplares. Son burgueses arruinados por su propia ineficacia y su improductividad. Se les ve preocupados únicamente por conservar sus antiguos privilegios de clase ociosa. Es el caso de su señora, doña Francisca Juárez, viuda ahora arruinada, pero que aún quiere aparentar. 

"Ya pasaba de los sesenta la por tantos títulos infeliz doña Francisca Juárez de Zapata, conocida en los años de aquella su decadencia lastimosa por doña Paca, a secas, con lacónica y plebeya familiaridad. Ved aquí en qué paraban las glorias y altezas de este mundo, y qué pendiente hubo de recorrer la tal señora, rodando hacia la profunda miseria, desde que ataba los perros con longaniza, por los años 59 y 60, hasta que la encontramos viviendo inconscientemente de limosna, entre agonías, dolores y vergüenzas mil. Ejemplos sin número de estas caídas nos ofrecen las poblaciones grandes, más que ninguna esta de Madrid, en que apenas existen hábitos de orden; pero a todos los ejemplos supera el de doña Francisca Juárez, tristísimo juguete del destino. Bien miradas estas cosas y el subir y bajar de las personas en la vida social, resulta gran tontería echar al destino la culpa de lo que es obra exclusiva de los propios caracteres y temperamentos, y buena muestra de ello es doña Paca, que en su propio ser desde el nacimiento llevaba el desbarajuste de todas las cosas materiales. 

Benina habla así con la señora: 

"- Dios es bueno.

- Conmigo no lo parece. No se cansa de darme golpes; me apalea; no me deja respirar. Tras un día malo viene otro peor. Pasan años aguardando el remedio, y no hay ilusión que no se me convierta en desengaño. Me canso de sufrir, me canso también de esperar. Mi esperanza es traidora, y como me engaña siempre, ya no quiero esperar cosas buenas, y las espero malas para que vengan… siquiera regulares.

- Pues yo que la señora -dijo Benina dándole al fuelle- tendría confianza en Dios y estaría contenta. (...) Yo siempre creo que cuando menos lo pensemos nos vendrá un golpe de suerte, y estaremos tan ricamente, acordándonos de estos días de apuros y desquitándonos de ellos con la gran vida que nos vamos a dar. 

- Ya no aspiro a la buena vida, Nina -declaró llorando la señora-, solo aspiro al descanso. 

- ¿Quién piensa en la muerte? Eso no; yo me encuentro muy a gusto en este mundo fandanguero, y hasta le tengo ley a los trabajillos que paso. Morirse, no.

- ¿Te conforma con esta vida?

- Me conformo, porque no está en mi mano darme otra. Venga todo antes que la muerte con tal de que no falte un pedazo de pan, y pueda uno comerse con dos salsas muy buenas: el hambre y la esperanza.

- ¿Y soportas, además de la miseria, la vergüenza, tanta humillación, deber a todo el mundo, no pagar a nadie, vivir de mil enredos, trampas y embustes, no encontrar quien te fíe valor de dos reales, vernos perseguidos de tenderos y vendedores?

- ¡Vaya si lo soporto!... Cada cual, en esta vida se defiende como puede. ¡Estaría bueno que nos dejáramos morir de hambre, estando las tiendas llenas de sustancia! Eso no. Dios no quiere que a nadie se le enfríe el cielo de la boca por no comer, y cuando no nos da dinero, un suponer, nos da la sutileza del caletre para inventar modos de allegar lo que hace faltar sin robarlo…

- Es que tú no tienes vergüenza, Nina; quiero decir, decoro, quiero decir, dignidad. 

- Yo no sé si tengo eso; pero tengo boca y estómago natural, y sé también que Dios me ha puesto en este mundo para que viva y no para que deje morir de hambre. Los gorriones, un suponer, ¿tienen vergüenza? ¡Quiá!... Lo que tienen es pico… Y mirando las cosas como deben mirarse, yo digo que Dios no tan solo ha criado la tierra y el mar, sino que son obra suya mismamente las tiendas de ultramarinos, el Banco de España, las casas donde vivimos y, pongo por caso, los puestos de verdura… Todo es de Dios. (…)

- Lo que yo digo, Nina, es que las cosas son del que las tiene…, y las tiene todo el mundo menos nosotras… ¡Ea!, date prisa, que siento debilidad. ¿En dónde me pusiste las medicinas?... Ya, están sobre la cómoda. (…) ¿Pero has visto lo que hace Dios conmigo? ¡Si esto parece burla! Me ha enfermado de la vista, de las piernas, de la cabeza, de los riñones, de todo menos del estómago. Privándome de recursos, dispone que yo digiera como un buitre. 

- Lo mismo hace conmigo. Pero yo lo llevo mal, señora. ¡Bendito sea el Señor, que nos da el bien más grande de nuestros cuerpos: el hambre santísima! 



Además de la miseria material (la pobreza de la que hablan), todas estas personas muestran una profunda miseria espiritual. El caso más extremo es precisamente el de los amos de Benina: se muestran como unas gentes ingratas que, cuando mejoran económicamente, la abandonan a su suerte porque ya no les resulta útil.

Un día, Benina y Almudena (un ciego amigo con el que comparte sus preocupaciones y miserias) son detenidos por la policía que persigue la mendicidad. Coincide además con un giro inesperado de la acción: se anuncia a doña Francisca que le ha correspondido una cuantiosa herencia. La viuda, con sus hijos, yerno y nuera, se disponen a cambiar de vida, libres al fin de privaciones. Pues bien, cuando Benina sale del calabozo, doña Paca y los suyos -que han descubierto la vida mendicante de la fiel criada- se avergüenzan de ella y la abandonan a su suerte, demostrando una profunda miseria espiritual (que supera a la anterior miseria material). Benina, sin embargo, no protesta, no se impone. Pero no se resiste a ver una vez más a su señora. 

“Debe decirse que el ingrato proceder de doña Paca no despertaba en Nina odio ni mala voluntad, y que la conformidad de esta con la ingratitud no le quitaba las ganas de ver a la infeliz señora, a quien entrañablemente quería, como compañera de amarguras en tantos años. Ansiaba verla, aunque fuese de lejos, y llevada de esta querencia, se llegó a la calle de la Lechuga para atisbar a distancia discreta si la familia estaba en vías de mudanza o se había mudado ya. ¡Qué a tiempo llegó! Hallábase a la puerta el carro, y los mozos metían trastos en él con la bárbara presteza que emplean en esta operación. Desde su atalaya reconoció Benina los muebles decrépitos, derrengados, y no pudo reprimir su emoción al verlos. Eran casi suyos, parte de su existencia, y en ellos veía, como en un espejo, la imagen de sus penas y alegrías; pensaba que si se acercase, los pobres trastos habían de decirle algo o que llorarían con ella. Pero lo que la impresionó vivamente fue ver salir por el portal a doña Paca y a Obdulia (su hija). 

Turbada y confusa, Nina se escondió en un portal para ver sin ser vista. ¡Qué desmejorada encontró a doña Francisca! Llevaba un vestido nuevo; pero de tan nefanda hechura, como cortado y cosido de prisa, que parecía la pobre señora vestida de limosna. Cubría su cabeza con un manto, y Obdulia ostentaba un sombrerote con disformes ringorrangos y plumas. Andaba doña Paca lentamente, la vista fija en el suelo, abrumada, melancólica, como si la llevaran entre guardias civiles (…)

- ¡Pobre señora mía! -dijo al ciego en cuanto se reunió con él—. La quiero como hermana, porque juntas hemos pasado muchas penas. Yo era todo para ella y ella todo para mí. Me perdonaba mis faltas y yo le perdonaba las suyas… ¡Qué triste va, quizá pensando en lo mal que se ha portado con la Nina! Parece que esté peor del reúma, por lo que cojea, y su cara es de no haber comido en cuatro días. Yo la traía en palmitas, yo la engañaba con buena sombra, ocultándole nuestra miseria y poniendo mi cara en vergüenza por darle de comer conforme a lo que era su gusto y costumbre… En fin, lo pasado, como dijo el otro, pasó. Vámonos, Almudena, vámonos de aquí (…) Andando, andando, hijo, se llega de una parte del mundo a otra, y si por un lado sacamos el provecho de tomar el aire y de ver cosas nuevas, por otro sacamos la certeza de que todo es lo mismo y que las partes del mundo son, un suponer, como el mundo en junto; quiere decirse que, en dondequiera que vivan los hombres, o, verbigracia, mujeres, habrá ingratitud, egoísmo, y unos que manden a los otros y les cojan la voluntad. Por lo que debemos hacer lo que nos manda la conciencia y dejar que se peleen aquellos por un hueso, como los perros; los otros por un juguete, como los niños, o estos por mangonear, como los mayores, y no reñir con nadie, y tomar lo que Dios nos ponga delante, como los pájaros…

Nina ya no siente rencor, sino desprecio por la vanidad de los seres humanos. Al final de la novela, ella se muestra orgullosa del deber cumplido y siente que el bien ha triunfado sobre el mal. 

"Las adversidades se estrellaban ya en el corazón de Benina, como las vagas olas en el robusto cantil (escalón en la costa). Rompíanse con estruendo, se quebraban, se deshacían en blancas espumas, y nada más. Rechazada por la familia que había sustentado en días tristísimos de miseria y dolores sin cuento, no tardó en rehacerse de la profunda turbación que ingratitud tan notoria le produjo; su desprecio de la humana vanidad la ponía; vio en ridícula pequeñez a los seres que la rodeaban, y su espíritu se hizo fuerte y grande. Había alcanzado glorioso triunfo; sentíase victoriosa, después de haber perdido la batalla en el terreno material. "